Dos despedidas

El Sr.P murió seguramente hace una semana; cuando me fui de vacaciones le quedaban pocas horas... La Sra. C también murió ese día; al irme, me lo acababan de comunicar.

En los 3 meses que llevo en el hospital, el Sr.P había estado entrando y saliendo de allí, siempre tratado por mi equipo. Se había convetido en una cara familiar, a la que me apetecía ver cada mañana, a pesar de que siempre esperaba poder darle el alta... y que no tuviera que volver. Su familia era muy amable y jamás se despegaban de él.

En estos meses, la mayoría de gente que he tratado eran ancianos dependientes, con mala calidad de vida, pluripatológicos, casi limitados de la cama al sillón. La Sra.C era la excepción; anciana sí, pero totalmente independiente y prácticamente sana. Ingresó unos días antes de su inesperada despedida.

El Sr.P siempre consultaba por problemas de pulmones, que tenía destrozados por la tuberculosis y años de tabaco. Los años le habían hecho mella y cada vez le costaba más a su familia reconocerlo como el hombre que fue. Durante sus ingresos le habíamos hecho un repaso completo, aunque siempre focalizados en los pulmones, siempre esperando que esa sobreinfección, esa reactivación de la tuberculosis que descubrimos hace unos días, esa fiebre, esas secreciones que no podía movilizar, terminaran con él. Por eso, cuando lo que se lo llevó fue un problema digestivo, nos sorprendió tanto a todos.

La Sra.C ingresó con el diagnóstico de embolia cerebral desde Urgencias; nos sorprendió que la ingresaran en nuestro servicio puesto que, a pesar de una hipertensión que le debilitaba el corazón, era una mujer sana. A pesar de que se sospechaba un infarto cerebral común, al segundo día vimos que sus síntomas eran predominantemente de tronco y cerebelo: le costaba tragar y hablar, vomitaba, no veía bien... Pero estaba bien, progresando rápidamente y esperando que le diéramos el alta al día siguiente tras realizarle una nueva RMN. Por eso al llegar esa mañana y enterarme de que había entrado en parada cardiorespiratoria se me cayó el mundo a los pies.

Siempre, cada día, exploramos a los pacientes de arriba a abajo, por eso hace unos días vimos que al Sr.P le dolía al tocarle el abdomen... A pesar de que nunca se había quejado, ni había mostrado ningún signo de problemas a ese nivel, ya era tarde cuando nos dimos cuenta: empezó a sangrar muchísimo, las cuatro transfusiones que le hicimos no fueron suficientes para remontar una hemoglobina de 6. Acidosis extrema, fiebre, abdomen quirúrgico al final... los problemas se fueron sumando mientras nosotros lo veíamos impotentes, sabiendo que en sus condiciones no podíamos hacer nada más: no iba a soportar más pruebas, ni cirugía, ni fármacos agresivo... su cuerpo estaba tan debilitado por todas sus patologías que no podíamos hacer nada. Fue difícil decírselo a la familia, con la que tantos días habíamos pasado, aunque más difícil fue ver cómo él se apagaba, pero aún así todavía nos sonreía al entrar en su habitación.

Cuando me contó el médico de guardia que la Sra.C había dejado de respirar esa noche, ante sus ojos, me resumió todo ante mi incredulidad... Todo empezó con una taquicardia, por lo que le avisaron, pero mientras la exploraba, en pocos minutos, mostró lo que llamamos postura de descerebración. Dejó de respirar, a los pocos segundos su corazón dejó de latir, pero como mujer fuerte respondió milagrosamente a la reanimación: su corazón tenía ritmo de nuevo. Desgraciadamente no el suficiente, ni el adecuado, y mientras yo oía su historia, ella esperaba en la UCI con el diagnóstico de muerte cerebral, esperando su final. El Sr.P y su familia me necesitaban más urgentemente, así que no fue hasta unas horas después cuando bajé a verla a la UCI, donde sólo entrar el médico me dijo que acababa de morir.

Dos muertes, totalmente distintas pero con algo en común: no las esperábamos, no cuando sucedieron ni por los motivos que acontecieron. No pudimos hacer nada. Aún así, la culpabilidad estaba ahí; en un caso, porque en todos los ingresos anteriores nunca hubo síntomas digestivos y, aunque no podíamos saber que exisitiera un problema, es inevitable pensar que deberíamos haberlo sabido. En el otro, porque alguien que casi nunca había ido al médico, que estaba bien, que parecía dispuesta a comerse el mundo... terminó su vida de forma inesperada, sin que tampoco pudiéramos hacer nada para evitarlo.

En estos tres meses he perdido a muchos pacientes, pero ninguno me ha dolido tanto como ellos dos. La Sra.C, a quien recordaré hablándonos de su pueblo y sus futuras vacaciones; el Sr.P, de quien recordaré su sonrisa al vernos y el abrazo de gratitud, pese a todo, que sus hijas me dieron al final. Personas como ellas hacen que, a veces, ponga en duda si la gente que salvamos compensa estos momentos... pero personas como ellas hacen que mañana, al volver al hospital, recuerde que no hay que pasar nada por alto.

14 firmas:

Anónimo 21 de agosto de 2011, 9:51  

Anna... me hiciste llorar. Muy triste lo acontecido y algo a lo que nos debemos de acostumbrar, pues tratamos con enfermos, pero es difícil hacerlo, sobre todo si es inesperado.
Yo todavía estoy en el CAP, haciendo guardias de Medicina Interna en el hospital (que para mí resulta muy duro por el ritmo que hay que seguir y la ansiedad que me genera) y recién comienzo a rotar en octubre por las especicalidades (la primera, cardio)
Ahora, dos semanas de vacaciones. Me comunicaré contigo. Un beso
Betty

Sergio 21 de agosto de 2011, 12:26  

Supongo que es duro que te deje cualquier paciente y más algunos con los que se logre cierta conexión, afinidad o admiración. Imagino que a ésto no se acaba una jamás de acostumbrar.

BlackZack 21 de agosto de 2011, 17:11  

Vaya, sin duda son golpes duros. Imagino que lo peor es esa sensación de impotencia o incertidumbre, de tener tantas herramientas a mano y no haber podido usarlas. Pero a veces no se puede hacer más de lo que se puede, y seguramente, ambos sabían que estaban haciendo todo lo que estaba en sus manos.

Un abrazo.

Andoni C. 21 de agosto de 2011, 21:26  

Hola Anna. Soy enfermero y desde 2003 trabajo en una unidad de MI de un hospital comarcal. Lo que describes en el pan nuestro de cada día. Mucho es el cariño que se le toma a un paciente del que sabes de ante mano que su final será próximo pese a los esfuerzos, generalmente cuando los reingresos se hacen cada vez mas frecuentes. Por eso defendemos ferviertemente la LET... porque a partir de cierto momento es preferible hacerles pasar los mejores ultimos días posibles que curar lo que sabes de sobra que es incurable e imparable. Gran post.

Drew 21 de agosto de 2011, 22:26  

Estoy segura de que no pudisteis hacer nada más. Mucho ánimo y espero que aunque duela, nunca pierdas esa humanidad maravillosa que tienes.

Saludos

Seishi 21 de agosto de 2011, 22:40  

Es ley de vida. Dolorosa ley de vida. Y a nosotros nos tocará verlo más de cerca... Nuestra profesión nos lleva a relacionarnos con la muerte de una forma más profunda que casi cualquier otra. Es la sombra de todo hospital, y está ahí hasta en el día más soleado, cuando sales de prácticas y ves los coches fúnebres aparcados en la salida, cuando un paciente empieza a recibir tratamiento paliativo o cuando ves a un familiar llorando en los pasillos...

Es nuestra indeseable compañera, y no tenemos cura para ella, lamentablemente.

Sra. T 22 de agosto de 2011, 12:39  

Una pena, eh? Parece mentira lo que podeis llegar a empetizar con los pacientes!!
Es una pena, pero es ley de vida.
Mucho ánimo guapa!! Y recuerda que haceis una labor maravillosa.
Besillos

Ratucos de colores 22 de agosto de 2011, 15:08  

Aunque es el ciclo de la vida, tiene que ser muy duro el ver que alguien se apaga o sin poderlo remediar, se apagó en un momento. Ahora cuando he estado ingresada en medicina interna, pensaba muchas veces que en la planta que yo estaba, muchas personas que estaban ingresadas se irían para siempre, pero que sólo tres plantas más abajo una nueva vida venía al mundo.
Yo creo que los primeros pacientes que fallecen se quedarán en vuestras retinas.
Ánimo y ahora pensar en lo que se pudo hacer no sirve, así que siempre nos queda el consuelo de saber que al menos, el trago final se lo pudisteis hacer más llevadero.

Anna 22 de agosto de 2011, 17:39  

Hola A TODOS :)

Gracias por vuestros comentarios; la verdad es que me apetecía compartirlo con vosotros, que no se quedara sólo en mi cabeza, para poder echar la vista atrás dentro de un tiempo.. aunque espero no olvidarlo nunca ;)

Un besazo a todos!!

Ratucos de colores 23 de agosto de 2011, 0:38  

Yo creo que no se olvida, como nunca se olvida el último adiós a alguien, cuando un predictor tiene dos rayas, las primeras patadas, su primera mirada que no viendo todavía te mira...........Siempre hay recuerdos que nos dejan huella y esos siempre pertenecen a nuestra memoria para siempre.
Nuevamente Anna, un besote y mañana a seguir siendo la excelentre profesional que seguro que eres, al menos a mí me lo transmites.

Miriam 24 de agosto de 2011, 8:06  

Realmente emotivo... Debe ser tan complicado afrontar este tipo de situaciones...

Me alegro de leerte de nuevo por aquí con historias como ésta.

Un abrazo!

Roberto Sánchez 25 de agosto de 2011, 23:34  

Se echan de menos historias como estas escritas desde la sencillez del corazón. Sin los artificios y las complejidades a las que acostumbramos los sanitarios. Me recordaste a mis rotaciones en el hospital en la planta de Medicina Interna. Lo pienso ahora y digo: joder, qué pereza. Saludos. Enhorabuena.

Anna 29 de agosto de 2011, 19:02  

MIRIAM, ROBERTO, muchas gracias; me alegra que os gustara la entrada :)

Besos!!

Juana 4 de septiembre de 2011, 19:47  

Nunca dejes de contar lo que oprime el corazón, los demás aprendemos mucho de vuestra experiencia ....
¡Ánimo! como dice Raquel Gómez Bravo "la profesión más bonita del mundo" .... aunque a veces duela ....

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